Operación Peter Pan (VI)
La vida en los orfelinatos.
En el orfelinato de San Vicente, situado en Vincennes, estado de Indiana, Susana Garrandes, de 9 años, a la que le fue confiada por sus padres en Cuba la atención de su hermano menor, Jorge, de 8 años, recuerda que la monja que cuidaba su dormitorio en una ocasión estrelló la cabeza de su indefenso hermano contra la pared. La monja que eventualmente reemplazó a la anterior, tenía la costumbre de castigar a los varones vistiéndolos como hembras, lo que para los niños cubanos constituía una de las más grandes afrentas.
Un día esa monja trató de vestir como hembra a su hermano junto a otros niños. Susan protegió a su indefenso hermano como una leona y lanzó una silla hacia la cabeza de la monja sin poder recordar nada más el resultado de aquella acción.
El propio Jorge Garrandes ha relatado que como los niños cubanos no sabían pedir en inglés las cosas que necesitaban, se quedaban sin satisfacer sus requerimientos, pues, las monjas no les daban nada que no fuera solicitado en ese idioma.
Ejemplificó con el caso de las frazadas para taparse en las noches invernales, ya que al no saber, en inglés cómo pedirlas se vieron obligados a dormir en parejas para poder mitigar el frío con el calor de sus cuerpos.
El orfelinato St. Vincent constituyó para los niños cubanos un verdadero campo de trabajo esclavo. Las monjas utilizaban a los niños en las cosechas de maíz, manzanas, cerezas, etc., apropiándose íntegramente de los ingresos que recibían de los granjeros propietarios de los campos donde realizaban esos trabajos, sin que los menores recibieran gratificación alguna por ello.
Por muchos años, Matilde Aguirre no ha podido relatar, sin llorar, el violento incidente que ella sufrió en el orfelinato San Vicent. Un día observó con horror que una monja cogía por la garganta a su pequeño hermano José como si fuera a estrangularlo. Su voz aún tiembla cuando ella recuerda la escena.
Cuando Teresita Ayo tenía 14 años, fue internada en el orfanato Mary's Home, en la tranquila ciudad de New Bedford, en Boston, Massachusetts. De su estancia en dicho centro recordó como un día, en el comedor, a la hora de la cena, ocurrió un incidente que robó la atención de todos los muchachos. Los que escondían sus travesuras, hechas a espaldas de las monjas, y los que exhiben una conducta admirable, miran a la misma vez a un niño que se niega a comer el huevo del menú, y se ponen a la expectativa al ver a una monja que tiene fama de enérgica y rigurosa, venir a obligarlo. El muchacho come el huevo haciendo un grandísimo esfuerzo, y un momento después, lo vomita. La monja, imperiosa bajo el hábito negro, lo obliga a ingerir el huevo de su vómito y el niño, desesperado por esta orden, que juzga muy cruel, se levanta y le da una bofetada. Enseguida les pareció a todos que el orden del mundo se hubiera trastocado. Las monjas corren, corre el niño también, llaman al padre Hogan para que restablezca la disciplina que esta pequeña insurrección ha derrumbado, y Teresita lo mira todo apenada por el muchachito y gozosa por contemplar un hecho que no esperó jamás ver en su vida: el espectáculo de una monja abofeteada.
El orfelinato Saint Vicent, de Philadelphia, bajo los auspicios de monjas alemano-americanas, recibió igualmente a niños cubano. Una de ellas estuvo llorando diariamente por espacio de un año, al no poder adaptarse al medio inadecuado imperante en esa institución, muy diferente a las condiciones que dejó en su hogar y en Cuba, donde se vió obligada a convivir con delincuentes juveniles, hijos de prostitutas, mendigos, alcohólicos, etc. Años más tarde, reflexionando sobre esta amarga experiencia, tuvo conciencia de que fue enviada a un lugar inadecuado, el cual ningún padre hubiera deseado para sus hijos.
Emilio Soto recuerda que, en una oportunidad en que llegó tarde de un pase, Mr. Furlong lo recibió con un galletazo con el reverso de la mano que le dejó las marcas en la cara por varios días y además le impuso como castigo mantenerse de pie, con los brazos en alto, delante de una cerca, desde las 10:30 p.m. hasta las 12:30 a.m., en medio de un intenso frío.
Estos niños fueron igualmente víctimas de la discriminación por parte de la población local, que, al conocer que eran cubanos y estaban en el orfelinato, les impedían toda relación con las muchachas del lugar y mucho menos visitarlas en sus casas.
Mario Sánchez olvidó totalmente el español. El era estimulado a no hablarlo por las monjas de Mount Saint John Academy, en Gladstone, New Jersey. Las monjas del orfelinato lo golpeaban si él pronunciaba alguna palabra en español. Mi hermano no olvidó su español porque él era un rebelde y cuando las monjas lo golpeaban por hablar español lo continuaba hablando con otros niños cubanos.
Todos eran varones, reprimidos por la severidad del orfanato, con la ardiente nostalgia de la familia y la desesperada incertidumbre del futuro. El encierro los llevó a la violencia del trato de unos con los otros, y a los conflictos, que se multiplicaron entre ellos como los peligrosos tentáculos de un pulpo.