Cuarenta y ocho años después del
triunfo de la revolución y en una situación excepcional derivada de la
enfermedad de Fidel Castro, es buena una mirada para valorar cuál es la
situación del país en un momento de claro despegue económico y con una
coyuntura regional más que favorable.
Impactada la economía cubana por la
crisis de la Unión Soviética, el país está logrando una indiscutible
recuperación. Basta recordar que ha cerrado el año 2006 con un crecimiento
económico del 12’5 % (en América Latina la media fue de 5’3 %) y que
en el año 2005 fue del 11’8 %. Entre las razones que lo explican
estarían los acuerdos petroleros con Venezuela, el de níquel con China, el
aumento de la producción de petróleo nacional y el incremento del turismo.
Angustiados los cubanos por su
situación energética -recordemos los apagones de los últimos años-, 2006
ha sido sin duda el año de la revolución energética. Su producción de
electricidad ha aumentado un 7’2 %, con un consumo que se está
racionalizando mediante el recambio de electrodomésticos y la
rehabilitación de sus redes de distribución. La biotecnología está
avanzando a pasos gigantescos, logrando el pasado año aumentar el 90 % de
sus exportaciones a pesar del bloqueo estadounidense y alcanzando a más de
cincuenta países. También se inauguraron 650 obras para la educación y la
salud. Su gasto social es el más elevado del hemisferio y a educación y
salud destinará en 2007 el 22’7 por ciento del PIB. El pasado año se
alcanzó la tasa de mortalidad infantil más bajo de su historia, con 5’3
por mil nacidos vivos (en Nicaragua es de 30, y en Estados Unidos de 7’1).
Es importante recordar que la tasa de desempleo en el país es de 1’9 %.
Pero es que en un mundo con 766
millones de personas sin servicios de salud, 120 millones sin agua potable,
842 millones de adultos analfabetos (21 de ellos en Estados Unidos), 158
millones de niños que sufren de desnutrición y 110 millones que no asisten
a la escuela, ninguno de esos problemas existen en Cuba a pesar de
encontrarse en el Tercer Mundo. Cuba es hoy el país de mayor equidad
en la distribución del ingreso en América Latina, el que posee los
servicios de educación primaria y secundaria que llegan al 99 por ciento de
la población y acceso a estudios superiores en cualquier lugar del país a
todos los que quieran hacerlo (800.000 estudiantes universitarios), el
primero en indicadores favorables de mortalidad infantil en menores de un
año y menores de cinco, el de menor desempleo, el que ofrece alimentos
subsidiados que cubren no menos de la mitad de las necesidades nutricionales,
el que presta atención médica primaria permanente y remisión a servicios
gratuitos de alta tecnología (77’3 años de esperanza de vida). El pasado
año, además, la organización no gubernamental WWF (World Wild Fund)
declaró a Cuba como el único país del mundo que combina un alto
desarrollo humano (reconocido en Informes Anuales sobre Desarrollo Humano
elaborados por el PNUD) y una adecuada sostenibilidad ambiental.
Pero no olvidemos la solidaridad de
Cuba al mundo, la isla tiene treinta mil trabajadores sanitarios en 60
países y el pasado 2006, la UNESCO lo premió por su programa internacional
de alfabetización que se está aplicando en quince países a 2’3 millones
de personas. En el año 2006, 27.000 jóvenes de países subdesarrollados
estudiaban en La Habana.
Y eso en un mundo donde, según un estudio
del pasado 5 de diciembre de las Naciones Unidas, la mitad de la riqueza del
mundo se encuentra en manos del 2% de los adultos. Un círculo aún más
reducido que sólo abarca al 1% de los habitantes tiene en su poder el 40%
de la riqueza, mientras en el otro extremo el 50% de la población apenas
contaba con el 1% de la riqueza. Es la expresión estadística del enorme
abismo entre una elite insensible y una vasta muchedumbre de desposeídos.
Por supuesto que hay deficiencias en
el modelo cubano. Los principales problemas cotidianos hoy son la vivienda y
el transporte. Sin embargo, el pasado año se cerró con la construcción de
110.000 viviendas y se compraron 200 autobuses articulados (conocidos en la
isla como camellos), otros 50 del tipo normal de segunda mano y 300
escolares.
Pero hay mucho más. Y es que, como
dice Santiago Alba, “nos empeñamos en salvar a Cuba comparando datos
económicos y estadísticas, olvidando que de lo que se trata es de la
elección entre los que “en un lado bombardean países, derriten
alegremente los cascos polares y confunden Faluya con un Parque Temático
frente a otro que salva niños, cura extranjeros y confunde los propios
sufrimientos con los de los otros pueblos de la tierra”. Cuba, dice Alba,
el país del “querer pronto, el amar fácil, el hablar intenso, el
sentarse ancho, el vestir tenue, el cantar rebelde, el pensar juntos, el
mirar despacio, el hacer largo, el vivir recio, el comer, beber y compartir
sin misterios, el disentir y vencer sin venenos”. Por eso, sólo en La
Habana, cuando mi hijo Camilo de cinco años jugaba en un parque infantil y
una niña de la misma edad lo rebasaba en el tobogán, le decía: “disculpe,
compañero”.
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