Cuba y las elecciones
Jon Odriozola
Quieren los «demócratas»
occidentales y, en especial, los españoles también los vascos
que si muere Fidel Castro sobrevenga en Cuba la «ruptura democrática»
que no consiguieron imponer en la llamada «transición española de
la dictadu- ra a la democracia» conformándose con el barro de la «reforma»
que trajo el lodo actual. Una burguesía pusilánime, que medró bajo
el franquismo y acudió en su socorro cuando se desmoronaba con estrépito,
se autoinviste de autoridad moral y legitimidad ética para dar
lecciones de democracia a Cuba y, por supuesto, dar una «salida
democrática», pacífica y sin traumas y, a ser posible, con
reconciliación entre revolucionarios y «gusanos», al país que ha
«sufrido» una larga «dictadura» bajo la bota del abogado Castro.
En otras palabras: quieren que en Cuba haya una «democracia» como
aquí, a la occidental manera, es decir, con partidos, elecciones,
parlamento, sindicatos y liga nacional de fútbol amén de las
libertades de opinión, expresión, reunión, manifestación como
dictan los usos de una democracia burguesa. Que luego todo degenere en
corrupción, mafias, escándalos financieros, pelotazos, telebasura y
subcultura rosa... es lo de menos porque ello forma parte de las «libertades
democráticas» y, si me apuran, de su folklore y quintaesencia. Es el
«precio político» que tiene que pagar la «democracia» en aras del
«bien común» dizque uso y disfrute de las libertades por parte de
todos. ¿Todos? Dejémoslo.
Ya lo han conseguido en la extinta Unión Soviética,
convertida en un mercado de latrocinio y casi en un país «tercermundista»,
lo están consiguiendo en China y ahora van a por Cuba. Y ello
enarbolando cínicamente la bandera de los derechos humanos y sus
libertades políticas. Sobre todo estas últimas. Porque los «derechos
humanos», vistos desde la perspectiva imperialista, no tienen en
cuenta «hechos humanos» como el derecho al trabajo, a la salud, a la
educación, a la vivienda y demás conquistas realizadas de facto y no
de palabra en Cuba. El problema es que en Cuba los «derechos humanos»
son «izquierdos humanos». Y las libertades políticas no contemplan
que un ciudadano pueda votar y elegir cada cuatro años a quien lo va
a explotar con más o menos saña o engañar con más o menos arte y
habilidad. Este es el problema que hay en Cuba, que no hay «democracia»,
al menos homologable a la occidental.
Democracia, como es sabido desde que la sociedad
está dividida en clases, es sinónimo de elecciones y
representatividad política. En una sociedad sin clases no tendría
por qué haber este tipo de democracia, pero dejemos también esto.
Como se supone que Cuba es una feroz dictadura (ni siquiera «autoritaria»
como la franquista, sino la peor según la sociología norteamericana:
totalitaria), también va de suyo que en Cuba no hay elecciones ni las
ha habido nunca (no como en el régimen franquista donde los
falangistas organizaban referéndums y paripés electoreros por el
tercio familiar, el municipio y el sindicato vertical, la «democracia
orgánica»), lo cual es mentira. En Cuba no sólo ha habido
elecciones, y hasta oposición, sino que las han convocado jugándose
el tipo. Ocurre que nunca han sido co- mo las quisiera el «mundo
libre» (o los «caucus» yankis) y así le fue a Nicaragua. Una
revolución tiene derecho a organizarlas como mejor reconvenga y
defenderse como mejor sepa. Lo que no va a hacer es suicidarse. Y
Fidel no es un estúpido y el Partido Comunista de Cuba tampoco.
Antes de seguir, haré una digresión. Es lugar
común hacer equivaler democracia y pluralismo. Tengo para mí que son
términos opuestos, tal como los entiende la sociología burguesa. Y
digo que no pueden votar aunque es obvio que se hace los obreros
con sus patronos, los carceleros con sus presos, los objetores con sus
generales, los torturadores con los torturados, las víctimas con los
verdugos. Para votar hay que tener los mismos intereses, las mismas
necesidades. Y hoy en día, para que no parezca que estoy defendiendo
un anacrónico «guildismo», el corporativismo, el gremialismo, que
eso sería un poco la «democracia orgánica» de Franco, la mayoría
es la clase trabajadora, la clase obrera, que es la que impera en
Cuba. Rousseau, que es el padre teórico de la democracia burguesa,
entonces algo progresista, decía que no bastaba que las leyes fueran
expresión de la «voluntad general» sino que, además, debían estar
destinadas al «bien común». No obstante, no puede haber voluntad
general (Rousseau pensaba en su pequeña Ginebra natal) ni intereses
comunes entre clases enfrentadas. Lo que hoy se califica de «mayoría»
no es sino una minoría oligárquica económicamente dominante. Esto
lo sabe perfectamente quien luego man- dará a sus esbirros y
turiferarios a defender lo contrario de lo que acabo de decir pagándolos
espléndidamente, claro.
Pero, ¿hay elecciones en Cuba? ¿Se vota o todo
es un «trágala»? En octubre de 1992, el Parlamento cubano aprobó
por unanimidad («a la búlgara», diría el amoral José María
Calleja) una nueva ley electoral que, por primera vez, establece el
voto directo y secreto (casi como en «occidente») en las elecciones
provinciales y nacionales. La ley preveía que los candidatos a las
asambleas municipales y provinciales y a la Asamblea Nacional fueran
nominados por organizaciones sindicales, sociales o de masas como la
Central de Trabajadores de Cuba, los comités de defensa de la
Revolución (serían los temibles «comisarios políticos» del ínclito
Calleja et alli) y la Federación de Mujeres Cubanas (por supuesto,
todas putas y lesbianas). Los candidatos deben ser elegidos con más
del 50% de los votos válidos, lo que implica que los ciudadanos
pueden expresar su posible descontento absteniéndose de votar a
algunos de ellos. Hasta entonces, sólo los miembros de las asambleas
municipales eran elegidos directamente por la población y, desde
estas instancias, se formaban después las asambleas provinciales y,
por último, la nacional. Una democracia, pues, indirecta (que no
tiene por qué ser, por cierto, mala).
La decisión de modificar la Constitución aprobada
en referéndum en 1976 para elegir por el voto directo y secreto de
la población a los miembros del Parlamento y las asambleas
provinciales del Poder Popular fue sugerida en el IV Congreso del
Partido Comunista celebrado en octubre de 1991. O sea, en la difícil
coyuntura económica que vive la isla tras la desarticulación de la
URSS y el campo socialista europeo. En febrero de 1993 se celebraron
elecciones a las que estaban convocados siete millones y medio de
cubanos votando un 97%. Los grupos opositores internos llamaron a
votar blanco o nulo como fórmula de rechazo al gobierno de Castro
esperando obtener más de un 30% de voto nulo o blanco y sacando sólo
un 10%. La presencia policial en las urnas fue discreta y la única «vigilancia»
corrió a cargo de escolares. Fidel Castro era uno de los 589
candidatos a diputados que, por primera vez desde la revolución de
1959, se sometió al voto directo y secreto de los ciudadanos, junto
con 1190 delegados a las 14 asambleas provinciales. Castro votó en la
provincia oriental de Santiago de Cuba, por uno de cuyos distritos era
candidato a diputado (o sea, igual que Franco, diría otro cuento de
Calleja). Vale.
P.D. También acusan (como si fuera un delito) a
Cuba de ser un «régimen comunista». Personalmente no lo tengo por
tal y sí por «nacionalista», no en el sentido de nuestra burguesía
nacional compradora, sino enfrentada al Imperio que la quiere volver a
convertir en una colonia y un garito.
Rebelion
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