Por
Percy Francisco Alvarado Godoy
5
de mayo de 2005.
Créalo
o no, yo conocí a Luís Posada Carriles en una ocasión. Y
no fue en un encuentro común, ni casual; tan peculiar en los hombres corrientes
y dedicados a vivir una vida normal. No fue, entonces, un encuentro ocasional en
una fiesta, ni esperando a nuestros hijos a la salida de una escuela o, en el
mejor de los casos, para relacionarnos como dos personas que laboran juntas o
tienen algún punto de coincidencia en sus vidas. Lo conocí,
es cierto, pero no fue el destino quien nos juntó. Fue la mano del odio y el
terror quien nos reunió esa vez. Yo estaba allí para ser entrenado por él en
el detestable arte de asesinar. Él, por su parte, estaba allí para hacer de mí
un criminal más. Así fue nuestro encuentro.
Me
lo topé aquella mañana del 23 de noviembre de 1994, a la
que nunca podré olvidar, en una lujosa habitación del hotel Camino Real, de
Ciudad Guatemala. Llegó allí junto a Gaspar Jiménez Escobedo para reunirse
conmigo y para dar cumplimiento a las instrucciones de
nuestros jefes miamenses de la Fundación Nacional
Cubano Americana: entrenarme en el manejo de artefactos explosivos y abastecerme
con dos poderosas cargas de explosivos plásticos del tipo C – 4, las que
posteriormente yo colocaría en el Cabaret habanero Tropicana y en un hotel
cubano.
Poco
conversamos entre nosotros. En el ambiente pulcro de la habitación sólo se
enseñoreaba un sucio propósito: matar a quien fuera para dar al traste con la
Revolución Cubana. Mientras ambos, Posada y Jiménez Escobedo, me adiestraban
en el manejo del mecanismo de relojería, haciendo gala de una envidiable
destreza, no pude ver en ninguno de ellos ni preocupación ni remordimientos.
Tal vez sólo les preocupaba que este guatemalteco, al cual
tenían ante sí, enviado por Pepe Hernández, el viejo socio
de correrías y actual presidente de la FNCA, aprendiera bien la lección. De
eso dependía un golpe demoledor contra Castro y la esperada
recompensa monetaria que todos alcanzaríamos.
Noté
satisfacción en los rostros de ambos, obeso el de Gaspar y casi inexpresivo el
de Posada, cuando comprobaron que yo ya dominaba el arte del armado de la máquina
de muerte. Entonces me sonrieron con desenfado y pronosticaron un éxito
anticipado para “nuestros planes”. La trama urdida meses antes en Miami
parecía estar en marcha y destinada a tener un feliz desenlace para ellos, pero
infeliz y doloroso para los centenares de víctimas de tan funesto plan.
Al
día siguiente, como habíamos acordado, me volvieron a visitar. Esta vez traían
en una bolsa plática en la que aparecía el logo del hotel dos pomos plásticos
conteniendo ambas cargas explosivas. Junto a los dos aparatos de relojería y
las baterías AAA, me entregaron un estuche con plumones, en dos de los cuales
habían enmascarado dos detonadores metálicos. No dijeron otra cosa al
despedirse, salvo desearme suerte. Y la necesitaría realmente y no dudo que
fueron sinceros al deseármela: de mi propia suerte dependería la suerte de sus
malévolos planes.
Confieso
que nunca los volví a ver en persona. Sólo al día siguiente, la noche del 24
de noviembre, cuando ambos cenaban en uno de los restaurantes del hotel.
Sentados junto a otras personas, degustaban plácidamente los sugestivos platos
del chef. Sonreían ambos como si nada les preocupara. Ya habían cumplido su
encargo y eso los hacía permanecer tranquilos y despreocupados.
A
Gaspar Jiménez Escobedo lo vi la mañana siguiente en el Aeropuerto La Aurora.
Se marchaba a Miami con el objetivo de informar a sus jefes de la FNCA que había
cumplido su misión. Posaba permaneció en Centroamérica, urdiendo nuevos
planes en la sombra, con la anuencia y la indulgencia de varios gobiernos de la
región. Por mi parte, yo marché hacia la Habana. Llevaba conmigo un encargo de
muerte, pero estaba seguro que nunca se cumplirían los planes de los jefes
terroristas de Posada Carriles, ni los que este individuo había urdido conmigo
en un hotel de Guatemala. Todos ellos ignoraban que este mercenario, al que habían
involucrado en sus funestos planes, era en realidad un
combatiente internacionalista de la Seguridad cubana. La suerte de los cientos
de turistas que visitaban Tropicana por esos días, estaba echada: vivirían.
Mucho
después conocí de nuevos planes en los que participó Posada Carriles, junto a
otros mafiosos de Miami, con el objetivo de consumar sus planes de muerte contra
los cubanos y su invicto líder. Habían quedado atrás los hechos terroristas
cometidos contra instalaciones turísticas en Cuba, en los que Posada empleó a
diversos mercenarios centroamericanos. Supe, por ejemplo, que Posada gustaba de
tramar atentados y sabotajes desde el confort de algún hotel centroamericano y
repitió aquella experiencia vivida en Guatemala, esta vez en otro lujoso hotel:
el Holiday Inn.
Durante
varios días, entre el 10 y el 21 de julio de 1998, se efectuaron varias
reuniones entre Posada Carriles y tres terroristas radicados en Miami: Enrique
Bassas, Ramón Font y Luís Orlando Rodríguez. El propósito fue preparar un
atentado contra Fidel durante su próxima visita a República Dominicana, en
ocasión de celebrarse allí, entre los días 20 y 25 de
agosto de ese año, un encuentro de jefes
de estado de la Asociación de Estados del Caribe.
El
siniestro plan había comenzado a urdirse un poco antes, cuando Posada viajó a
Nicaragua el 26 de marzo de ese mismo año, desembarcando en el Aeropuerto
Internacional “Augusto César Sandino” con una identidad falsa; usaba el
pasaporte salvadoreño Nro.143258, expedido a Franco Rodríguez MENA. Con 10 000
dólares entregados a él por Arnaldo Monzón Plasencia fue a contactar a varios
contrarrevolucionarios radicados en la ciudad de estela para adquirir dos
lanzacohetes portátiles y cierta cantidad de C – 4.
Días
después, el 7 de mayo, Posada regresó a Nicaragua para agilizar la compra de
los explosivos y los lanzacohetes. Esta vez penetraría por el Paso de
Las Manos, procedente de Honduras. No era extraño, por tanto, que Posada
empleara esta frecuente movilidad sin ser molestado. Gozaba con total apoyo de
altos jefes dentro de los gobiernos centroamericanos y él, sin lugar a dudas,
supo aprovechar esta ventaja.
Los
hechos acontecidos después son del conocimiento de todos. La captura en Panamá
de Posada Carriles junto a su inseparable Gaspar Jiménez Escobedo, así como
con Guillermo Novo Sampoll y Pedro Crispín Remón, fueron
cubiertos por los medios de prensa internacional. El intento de asesinar a
Fidel, las presiones sobre la justicia panameña por parte de personeros de la
mafia miamense y el gobierno norteamericano, así como la posterior y arbitraria
excarcelación de los terroristas por parte de la ex presidenta Mireya Moscoso,
conmocionaron a la opinión pública mundial.
Violando
abiertamente leyes internacionales y el sentido de la justicia, Novo Sampoll,
Jiménez Escobedo y Remón, encontraron refugio dentro de
territorio norteamericano. Por su parte, Posada Carrilles se escondió en San
Pedro Sula, Honduras, gozando de la impune hospitalidad de sus socios
contrarrevolucionarios radicados en esa ciudad. El gobierno hondureño jamás
reconoció la permanencia del asesino en ese país. Luego, como todos sabemos,
vendría la noticia: Posada Carrilles buscaba asilo dentro de los Estados Unidos.
Mientras
Eduardo Soto, su abogado, así como su eterno compinche, Santiago Álvarez,
reconocen su permanencia en territorio norteamericano, las autoridades
norteamericanas niegan que esté en ese país, A muchos podrán engañar con sus
mentiras, pero a los que los hemos conocido resulta difícil engañarnos.
Santiago Álvarez ha sido la cara pública del apoyo contrarrevolucionario a
Posada, mientras sus viejos socios de la FNCA y algunos agrupados hoy en el
Consejo por la Libertad de Cuba (CLC), han permanecido ayudándolo en secreto.
Esa es la pura verdad.
Yo
me pregunto a la luz de los últimos acontecimientos relacionados con Posada
Carriles:
¿Por
qué si quieren saber dónde está Posada Carriles, no han seguido los pasos de
sus compinches de prisión en Panamá? No sería la primera vez que Jiménez
Escobedo, Novo Sampoll y Crispín Remón, acudieran en su ayuda. Gasparito,
sobre todo, siempre ha sido en emisario encargado de transportar ayuda a Posada
y de sacarlo de los problemas en los que se ha metido.
¿Por
qué si quieren hallar a Posada Carriles en Miami, no han buscado en las lujosas
residencias de Alberto Hernández, Feliciano Foyo, Pepe Hernández, Roberto Martín
Pérez, Enrique Basas y otros? Si siguieran los movimientos de estos macabros
personajes, comprobarían que ellos están desembolsando grandes sumas de dinero
para mantener al terrorista y lo han visitado en esa ciudad.
No
hay peor ciego que el que no quiere ver, reza un viejo refrán. Bastaría, pues,
que el FBI y el Departamento de Seguridad de la Patria dedicaran un poco de
esfuerzo para hallarlo. A esos terroristas, sin lugar a dudas, los crearon los
propios Estados Unidos y el diablo ha tenido el triste papel de unirlos. Sigan
al diablo y él les dirá el paradero de su hijo predilecto.