Posada Carriles: éramos patriotas, ahora terroristas

En un segundo trabajo que recoge nuevos fragmentos de la entrevista hecha a Luis Posada Carriles por dos periodistas de "The New York Times", el exiliado cubano cuenta por qué abandonó el ejército estadounidense y dice que la CIA lo instruyó en "todo".

ANN LOUISE BARDACH y LARRY ROHTER The New York Times

MIAMI -- Dos años después de que la invasión de Bahía de Cochinos terminara en un ignominioso fracaso en las playas de Cuba, dos jóvenes exiliados cubanos permanecían de pie uno junto al otro bajo el sol primaveral en Fort Benning, Georgia, entrenándose para la próxima marcha hacia La Habana.

Corría 1963, una época en que Estados Unidos conspiraba febrilmente contra el gobierno de Fidel Castro. Los dos hombres se encontraban entre los exiliados que habían sobrevivido a la frustrada operación para derrocar al líder cubano, y se habían enrolado en el ejército de Estados Unidos, confiando en que el presidente Kennedy pronto montaría otro ataque que eliminara al comunismo del hemisferio.

Las órdenes nunca llegaron, y los dos hombres pronto dejaron el ejército para comenzar su propia guerra de tres décadas contra Castro.

Jorge Mas Canosa, el más joven de los dos, emergió como la cara pública del movimiento, un exitoso empresario que cortejó a presidentes y políticos, ganó dinero y cabildeó incansablemente en la Casa Blanca y el Congreso para endurecer la posición hacia Cuba.

Cuando Mas murió de cáncer en noviembre pasado, después de dos décadas de negar alguna participación directa en las operaciones militares de los exiliados que tratan de desestabilizar a Cuba, se había convertido, quizás, en la voz individual más influyente en el endurecimiento de la política oficial de Estados Unidos de imponer una cuarentena económica y política.

El más viejo de los dos hombres, Luis Posada Carriles, un ex químico azucarero, se convirtió en líder del ala militar clandestina de los exiliados, conspirando para matar a Castro y colocar bombas en instalaciones del gobierno cubano. Mientras Mas construía una fortuna personal que eventualmente excedió los $100 millones, Posada permaneció en las sombras, asociándose con funcionarios de inteligencia, militantes anticastristas e inclusive, según dicen documentos desclasificados, con reputados gángsters.

Ahora, cuando se acerca al final de su carrera como el más notorio comando en la lucha clandestina anticastrista, Posada ha detallado por primera vez su relación de 37 años con los líderes del exilio en Estados Unidos y con las autoridades norteamericanas.

El relato de Posada, complementado con entrevistas adicionales y nuevos informes de inteligencia que han perdido su carácter confidencial, es el más detallado hasta la fecha sobre el lado mortal de la campaña contra el régimen de Castro.

En dos días de conversaciones grabadas en su escondite en el Caribe, Posada fue por momentos orgulloso, cortante, alardoso y evasivo respecto de su trabajo como luchador por la libertad, como se proclama a sí mismo, lo que abarca una serie de atentados con bombas en hoteles el año pasado, que causaron enorme revuelo en Cuba.

Posada describe, en ocasiones de manera selectiva, el papel de sus patrocinadores en la ostensiblemente no violenta población cubanoamericana, y su complicada relación con oficiales norteamericanos que originalmente lo entrenaron, pero que ahora tienen un ojo crítico para sus actividades.

``La CIA nos lo enseñó todo... todo'', dijo Posada. ``Cómo usar explosivos, cómo matar, hacer bombas... nos entrenaron en actos de sabotaje. Cuando los cubanos trabajaban para la CIA los llamaban patriotas. `Actos de sabotaje' era el término que usaban para clasificar este tipo de operación'', agregó. ``Ahora lo llaman terrorismo. Los tiempos han cambiado. Fuimos traicionados porque los americanos piensan como americanos''.

No está claro por qué Posada, que ha evitado las entrevistas durante la mayor parte de su carrera, decidió hablar públicamente. El mes pasado, a través de un intermediario, aceptó hablar a un periodista con la condición de que el lugar de la entrevista fuera descrito solamente como ``un lugar en el Caribe'' y que sus residencias actuales no se revelaran. Posada, que sobrevivió varios intentos de asesinato, recientemente le dijo a un amigo íntimo que temía no vivir el tiempo necesario para contar su versión de los sucesos.

Posada rechazó ser retratado. A sus 70 años, guarda poco parecido con su última foto conocida, una instantánea de 1976 que muestra a un hombre recio con cabello negro y mirada penetrante.

En estos días, el cabello de Posada es gris plateado, con algún que otro mechón negro.

Pero como él mismo enfatizó, el odio de los hombres del lado fracasado de la revolución castrista no se ha aplacado con el paso de los años.

``Castro no cambiará nunca, jamás'', afirmó, agregando seguidamente: ``Nuestro trabajo es proveer inspiración y explosivos al pueblo cubano''.

Apenas media hora después del inicio de la conversación, Posada se quitó la camisa y mostró un torso marcado por cicatrices, el legado de los atentados contra su vida en Guatemala en 1990. Ambos brazos mostraban los huecos por donde las balas entraron y salieron; en la parte superior izquierda del pecho había una profunda cicatriz de 10 pulgadas de largo donde las balas rozaron cerca del corazón.

Luego le pidió la mano al periodista y con ella tocó el lado derecho de su quijada, destrozada por la misma bala que le dañó la lengua y los nervios, que lo dejó con una voz seca y grave. ``Una bala entró por aquí y salió por el lado izquierdo'', dijo. ``Mi barbilla tenía una pulgada más de largo... Fui bastante atractivo''.

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